—Si es con el propósito de reunirse con Milady —dijo Athos con frialdad—, es inútil; no la encontrarán.
—¿Qué ha sido de ella, pues? —preguntó Rochefort con avidez.
“Regresa al campamento y lo sabrás.”
Rochefort se quedó un momento pensativo; después, como estaban solo a una jornada de Surgères, a donde el cardenal debía ir al encuentro del rey, resolvió seguir el consejo de Athos e ir con ellos. Además, este regreso le ofrecía la ventaja de vigilar a su prisionero.
Reanudaron su ruta.
Al día siguiente, a las tres de la tarde, llegaron a Surgères. El cardenal aguardaba allí a Luis XIII. El ministro y el rey intercambiaron numerosas muestras de afecto, felicitándose mutuamente por la afortunada casualidad que había librado a Francia del enemigo empedernido que ponía a toda Europa en su contra. Tras lo cual, el cardenal, a quien habían informado de que d'Artagnan estaba arrestado y que tenía muchas ganas de verlo, se despidió del rey, invitándole a acudir al día siguiente para contemplar las obras ya realizadas en el dique.
Al regresar por la tarde a su alojamiento en el puente de La Pierre, el cardenal encontró, de pie ante la casa que ocupaba, a D’Artagnan, sin espada, y a los tres mosqueteros armados.
Esta vez, como iba bien acompañado, los miró con severidad e hizo una seña con los ojos y la mano para que d’Artagnan lo siguiera.
D’Artagnan obedeció.
—Te esperaremos, d’Artagnan —dijo Athos con la voz lo suficientemente alta como para que el cardenal lo oyera.