“Será encontrado.”
—Bien —dijo el cardenal—, entonces será el momento de reclamar la orden que acabáis de exigir.
—Su Eminencia tiene razón —respondió Milady—; y yo me he equivocado al ver en la misión de la que me honra otra cosa que lo que es en realidad, es decir, anunciar a su Señoría, de parte de su Eminencia, que está usted al corriente de los diferentes disfraces por medio de los cuales logró acercarse a la reina durante la fiesta ofrecida por la señora condestable; que tiene usted pruebas de la entrevista concedida en el Louvre por la reina a cierto astrólogo italiano que no era otro que el duque de Buckingham; que ha ordenado usted escribir una obrita satírica sobre las aventuras de Amiens, con un plano de los jardines en los que ocurrieron dichas aventuras y retratos de los actores que en ellas intervinieron; que Montague está en la Bastilla, y que el tormento puede hacerle decir las cosas que recuerda y aun las que ha olvidado; que posee usted cierta carta de la señora de Chevreuse, hallada en el aposento de su Señoría, que compromete de manera singular no solo a la que la escribió, sino a aquella en cuyo nombre fue escrita.
Luego, si él persiste a pesar de todo esto —puesto que ese es, como he dicho, el límite de mi misión—, no me quedará más que rogar a Dios que obre un milagro para la salvación de Francia. ¿Es eso, no es verdad, monseñor, y no tendré nada más que hacer?
—Eso es todo —respondió el cardenal, secamente.
—Y ahora —dijo Milady, sin parecer notar el cambio de tono del duque hacia ella—, ahora que he recibido las instrucciones de vuestra Eminencia en lo que concierne a vuestros enemigos, ¿me permitirá Monseñor decirle algunas palabras acerca de los míos?
—¿Tenéis enemigos, pues? —preguntó Richelieu.