—¡El diablo! —dijo el suizo—, si es una dama tan grande como su letra es grande, ¡eres un muchacho con suerte, gompañero!
Aramis leyó la carta y se la pasó a Athos.
—Mira lo que me escribe, Athos —dijo él.
Athos echó una ojeada a la epístola y, para disipar todas las sospechas que pudieran haberse creado, leyó en voz alta:
Mi estimado primo: —Mi hermana y yo somos expertas en interpretar sueños, y hasta les tenemos mucho miedo; pero del tuyo se puede decir, espero, que todo sueño es una ilusión. ¡Adiós! Cuídate mucho, y actúa de modo que podamos oír hablar de ti de vez en cuando.
—¿Y a qué sueño se refiere? —preguntó el dragón, que se había acercado durante la lectura.
—Sí; ¿cuál es el sueño? —dijo el suizo.
—¡Vaya, pardieu! —dijo Aramis—, no fue otra cosa: tuve un sueño y se lo conté.
“Zí, zí —dijo el suizo—; ez muy fázil gontar un zueño, pero yo nunca zueño”.
—Sois muy afortunado —dijo Athos, levantándose—; ¡ojalá pudiera decir otro tanto!
—Nnunca —contestó el suizo, encantado de que un hombre como Athos pudiera envidiarle algo—. ¡Nnunca, nnunca!