Aunque no se esperaba al mosquetero antes de la una, la mujer del procurador había estado al acecho desde mediodía, calculando que el corazón, o tal vez el estómago, de su amante lo llevaría a adelantarse.
Madame Coquenard entró, por tanto, en el despacho desde la casa en el mismo momento en que su invitado entraba por la escalera, y la aparición de la digna señora lo libró de un apuro embarazoso.
Los dependientes lo observaron con gran curiosidad, y él, sin saber muy bien qué decir ante aquella escala ascendente y descendente, se quedó mudo.
—¡Es mi primo! —exclamó la mujer del procurador—. ¡Entre, entre, M. Porthos!
El nombre de Porthos produjo su efecto en los dependientes, que empezaron a reír; pero Porthos se volvió bruscamente, y todos los semblantes recuperaron al instante su gravedad.
Llegaron al despacho del procurador tras haber atravesado la antesala en la que estaban los escribientes, y el estudio en el que deberían haber estado.
Esta última pieza era una especie de cuarto oscuro, revuelto de papeles. Al salir del estudio dejaron la cocina a la derecha y entraron en el salón de recibo.
Todas estas habitaciones, que se comunicaban entre sí, no le inspiraban a Porthos una buena impresión. Se podían oír palabras a distancia a través de todas aquellas puertas abiertas.
Luego, al pasar, había lanzado una mirada rápida e investigadora a la cocina; y tuvo que confesar para sus adentros, para vergüenza de la esposa del procurador y pesar suyo, que no veía aquel fuego, aquella animación, aquel bullicio que, cuando se prepara un buen banquete, reina por lo general en ese santuario del buen yantar.