que los dos soldados habían desaparecido.
Pensando que, empezando a tener miedo, se habían quedado atrás, continuó avanzando.
Al doblar la contrarscarpia se encontraron a unos sesenta pasos del baluarte. No vieron a nadie, y el baluarte parecía abandonado.
Los tres que formábamos nuestra atrevida vanguardia deliberábamos sobre si debíamos avanzar más, cuando de repente un círculo de humo envolvió al gigante de piedra, y una docena de balas silbaron alrededor de d’Artagnan y de sus compañeros.
Sabían todo cuanto deseaban saber; el bastión estaba guardado. Una estancia más prolongada en aquel peligroso lugar habría sido una imprudencia inútil. D'Artagnan y sus dos compañeros volvieron la espalda y emprendieron una retirada que parecía una huida.
Al llegar al recodo de la trinchera que debía servirles de parapeto, uno de los guardias cayó. Una bala le había atravesado el pecho. El otro, sano y salvo, continuó su camino hacia el campamento.
D’Artagnan no quiso abandonar así a su compañero, y se agachó para levantarlo y ayudarlo a recuperar las líneas; pero en ese momento sonaron dos disparos. Una bala dio en la cabeza del guardia ya herido, y la otra se aplanó contra una roca, tras haber pasado a dos pulgadas de d’Artagnan.
El joven se volvió rápidamente, pues este ataque no podía provenir del bastión, que estaba oculto por el ángulo de la trinchera.
La idea de los dos soldados que le habían abandonado acudió a su mente, y con ellos recordó a los asesinos de dos noches atrás. Resolvió esta vez saber con quién tenía que habérselas, y se dejó caer sobre el cuerpo de su camarada como si estuviera muerto.