En la escalera se encontró con la linda doncella, que le rozó suavemente al pasar, y luego, encendiéndose hasta los ojos, le pidió perdón por haberlo tocado con una voz tan dulce que el perdón fue concedido al instante.
D’Artagnan volvió al día siguiente, y fue recibido aún mejor que la víspera. Lord de Winter no estaba en casa; y fue Milady quien esta vez hizo todos los honores de la tarde. Ella pareció interesarse mucho en él, le preguntó de dónde venía, quiénes eran sus amigos, y si no había pensado a veces en ponerse al servicio del cardenal.
D’Artagnan, que, como hemos dicho, era sumamente prudente para un joven de veinte años, recordó entonces sus sospechas acerca de Milady. Se lanzó a hacer el elogio de su Eminencia y dijo que no habría dejado de ingresar en las Guardias del cardenal en lugar de las del rey de haber tenido la ocasión de conocer al señor de Cavois en lugar de al señor de Tréville.
Milady cambió de conversación sin la menor apariencia de afectación, y le preguntó a d'Artagnan de la manera más descuidada posible si alguna vez había estado en Inglaterra.
D’Artagnan respondió que había sido enviado allí por el señor de Tréville para negociar la compra de una partida de caballos, y que había traído cuatro de muestra.
Milady en el curso de la conversación se mordió los labios dos o tres veces; tenía que vérselas con un gascón que no enseñaba sus cartas.
A la misma hora que la víspera, d’Artagnan se retiró.
En el pasillo volvió a encontrarse a la bonita Kitty; tal era el nombre de la camarera. Lo miró con una expresión de bondad que era imposible equivocarse; pero d’Artagnan estaba tan preocupado por la ama que no se fijó absolutamente en nada más que en ella.