sus pasos hacia la cocina.
Entre tanto, el mesonero, que no abrigaba la menor duda de que era la presencia del joven la que había ahuyentado al forastero de su hostería, volvió a subir a la habitación de su mujer y encontró a d’Artagnan volviendo en sí. Dándole a entender que la policía lo trataría con bastante severidad por haber buscado querella con un gran señor —pues, en opinión del mesonero, el forastero no podía ser otra cosa que un gran señor—, insistió en que, a pesar de su debilidad, d’Artagnan se levantara y se marchara lo antes posible. D’Artagnan, medio aturdido, sin jubón y con la cabeza vendada con un paño de lino, se levantó entonces y, urgido por el mesonero, comenzó a bajar las escalera; pero al llegar a la cocina, lo primero que vio fue a su antagonista charlando tranquilamente junto al estribo de una pesada carroza, tirada por dos grandes caballos normandos.