El Convento de las Carmelitas en Béthune
Los grandes criminales llevan en sí una especie de predestinación que les hace superar todos los obstáculos, que les hace eludir todos los peligros, hasta el momento que una Providencia fatigada ha señalado como el escollo de sus impías fortunas.
Así ocurrió con Milady. Logró burlar a los cruceros de ambas naciones y llegó a Boulogne sin novedad.
Al desembarcar en Portsmouth, Milady era una inglesa a quien las persecuciones de los franceses habían expulsado de La Rochelle; al desembarcar en Boulogne, tras una travesía de dos días, se hacía pasar por una francesa a quien los ingleses perseguían en Portsmouth por su odio hacia Francia.
Milady tenía, asimismo, el mejor de los pasaportes: su belleza, su noble aspecto y la generosidad con la que distribuía sus pistolas. Libre de las formalidades habituales gracias a la sonrisa afable y a los modales galantes de un viejo gobernador del puerto, que le besó la mano, solo permaneció en Boulogne el tiempo necesario para echar al correo una carta redactada en los siguientes términos:
Monseñor —Que vuestra Eminencia se tranquilice. Su Gracia el duque de Buckingham no partirá hacia Francia.
En consecuencia, esa misma tarde Milady emprendió su viaje. La noche la sorprendió; se detuvo y durmió en una posada. A las cinco de la