Luego, al acercarse los pasos, enmudeció por miedo a ser oída, aplicando, con un gesto de terror infinito, su hermosa mano a la boca de Felton.
Felton rechazó suavemente a Milady, y ella se dejó caer en una silla.
Lord de Winter pasó por delante de la puerta sin detenerse, y pronto oyeron apagarse el ruido de sus pasos.
Felton, pálido como la muerte, permaneció unos instantes con el oído atento y escuchando; después, cuando el sonido hubo desaparecido por completo, respiró como un hombre que despierta de un sueño y salió precipitadamente del apartamento.
—¡Ah! —dijo Milady, escuchando a su vez el ruido de los pasos de Felton, que se alejaban en dirección opuesta a los de lord de Winter—; ¡por fin eres mío!
Entonces su frente se nubló.
«Si se lo dice al barón —dijo ella—, estoy perdida; pues el barón, que sabe muy bien que no he de matarme, me pondrá ante él con un cuchillo en la mano, y descubrirá que toda esta desesperación no es más que una farsa».
Se colocó ante el espejo y se contempló atentamente; jamás había parecido más hermosa.
—Oh, sí —dijo ella, sonriendo—, ¡pero no se lo dirá!
Por la noche, lord de Winter acompañó la cena.
—Señor —dijo Milady—, ¿es vuestra presencia un accesorio indispensable de mi cautiverio? ¿No podríais ahorrarme el incremento de tortura que vuestras visitas me causan?