Bazin comprendió que se había equivocado; hizo una reverencia y salió.
—¡Ah! —dijo d’Artagnan con una sonrisa—, vendéis vuestras obras a su peso en oro. Sois muy afortunado, amigo mío; pero tened cuidado o perderéis esa carta que asoma por vuestro jubón, y que también procede, sin duda, de vuestro editor.
Aramis se puso rojo hasta las cejas, metió la carta a empujones en el jubón y se lo volvió a abotonar.
—Mi querido d’Artagnan —dijo él—, si le parece, vamos a reunirnos con nuestros amigos; como soy rico, hoy volveremos a comer juntos, esperando que a su vez usted sea rico.
—¡Voto al bríos! —dijo d'Artagnan con gran alegría—. Hace mucho tiempo que no hemos tenido una buena cena; y yo, por mi parte, tengo una expedición algo peligrosa para esta noche y no me pesará, lo confieso, fortificarme con unas cuantas copas de un buen Borgoña viejo.
—Convenido en cuanto al viejo Borgoña; no tengo objeción a eso —dijo Aramis, a quien la carta y el oro le habían borrado, como por arte de magia, sus ideas de conversión.
Y habiendo metido tres o cuatro doblones dobles en su bolsillo para atender a las necesidades del momento, colocó los demás en el bargueño de ébano, incrustado de madreperla, en el que se encontraba el famoso pañuelo que le servía de talismán.
Los dos amigos se dirigieron a casa de Athos, y este, fiel a su juramento de no salir, se encargó de mandar que les trajeran la comida. Como conocía a la perfección los detalles de la gastronomía, d’Artagnan y Aramis no pusieron objeción alguna en dejarle este importante cuidado.