De noche, todos los gatos son pardos
La noche tan impacientemente esperada por Porthos y por D'Artagnan llegó por fin.
Como era su costumbre, d’Artagnan se presentó en casa de Milady alrededor de las nueve.
La encontró de un humor encantador. Nunca había sido recibido tan bien. Nuestro gascón supo, al primer vistazo, que su billete había sido entregado y que ese billete había surtido efecto.
Kitty entró para traer un sorbete. Su ama puso una cara encantadora y le sonrió con graciosa benevolencia; pero ¡ay!, la pobre muchacha estaba tan triste que ni siquiera se dio cuenta de la condescendencia de Milady.
D’Artagnan miró a las dos mujeres, la una después de la otra, y se vio obligado a reconocer que, en su opinión, la madre Naturaleza se había equivocado al crearlas. A la gran dama le había dado un corazón vil y venal; a la camarera, el corazón de una duquesa.
A las diez, Milady comenzó a mostrarse inquieta. D’Artagnan sabía lo que quería. Miró el reloj, se levantó, volvió a sentarse, le sonrió a d’Artagnan con un aire que parecía decir: «Sois muy amable, sin duda, pero seríais encantador si os fuerais».
D’Artagnan se levantó y tomó su sombrero; Milady le dio la mano para que se la besara. El joven sintió que ella le apretaba la mano y