—Bien, he aquí, por ejemplo —dijo Richelieu—:
“cuando, en 1610, por una causa semejante a la que mueve al duque, el rey Enrique IV, de gloriosa memoria, se disponía, al mismo tiempo, a invadir Flandes e Italia para atacar a Austria por ambos flancos. Bien, ¿no ocurrió acaso un suceso que salvó a Austria? ¿Por qué no habría de tener el rey de Francia la misma suerte que el emperador?”.
—Su Eminencia se refiere, supongo, a la puñalada en la Rue de la Féronnerie.
—Precisamente —dijo el cardenal.
—¿No teme vuestra Eminencia que el castigo infligido a Ravaillac pueda disuadir a cualquiera que pudiera albergar la idea de imitarlo?
“Habrá, en todos los tiempos y en todos los países, particularmente si en esos países existen divisiones religiosas, fanáticos que no desean otra cosa que convertirse en mártires. ¡Vaya!, y observad —se me acaba de ocurrir— que los puritanos están furiosos contra Buckingham, y sus predicadores lo designan como el Anticristo”.
—¿Y bien? —dijo Milady.
—Bien —continuó el cardenal, en un tono indiferente—, lo único que hay que buscar en este momento es alguna mujer, hermosa, joven y astuta, que tenga motivos de disputa con el duque. El duque ha tenido muchos asuntos galantes; y si ha alimentado sus amores con promesas de eterna constancia, también debe de haber sembrado las semillas del odio mediante sus eternas infidelidades.