Milady sonrió para sus adentros ante la idea que se le había ocurrido de que pudiera tratarse de su antigua doncella. A la memoria de esta joven iba ligado el recuerdo de un cólera, y un deseo de venganza desencajó las facciones de Milady, las cuales, sin embargo, recuperaron inmediatamente la expresión tranquila y benévola que esta mujer de las cien caras había dejado de lado por un instante.
—¿Y cuándo podré ver a esta joven, por quien ya siento tanta simpatía? —preguntó Milady.
—Pues esta tarde —dijo la abadesa—; hoy mismo. Pero habéis estado viajando durante estos cuatro días, como vos misma me dijisteis. Esta mañana os levantasteis a las cinco; debéis de necesitar reposo. Acostaos y dormid; a la hora de comer os despertaremos.
Aunque Milady habría renunciado muy gustosamente al sueño, sostenida como estaba por todas las emociones que una nueva aventura despertaba en su corazón, siempre sediento de intrigas, aceptó sin embargo el ofrecimiento de la superiora.
Durante los últimos quince días había experimentado tantas y tan variadas emociones que, si su complexión de hierro aún era capaz de soportar la fatiga, su espíritu necesitaba reposo.
Por lo tanto, se despidió de la abadesa y se fue a la cama, mecida suavemente por las ideas de venganza que el nombre de Kitty había traído naturalmente a sus pensamientos. Recordó aquella promesa casi ilimitada que el cardenal le había hecho si triunfaba en su empresa. ¡Había triunfado; d'Artagnan estaba entonces en su poder!
Una sola cosa la atemorizaba; y era el recuerdo de su marido, el conde de la Fère, a quien había creído muerto, o al menos expatriado, y a quien volvía a encontrar en Athos, el mejor amigo de D'Artagnan.