Aprovecharía el primer momento de sorpresa, vergüenza y terror para rendirla. Podría fracasar, pero había que dejar algo al azar. En ocho días se abriría la campaña y se vería obligado a marchar de París; d’Artagnan no tenía tiempo para un asedio amoroso prolongado.
—Tenga —dijo el joven, entregándole a Kitty la carta sellada—; entréguesela a Milady. Es la respuesta del conde.
Pobre Kitty, se puso pálida como la muerte; sospechaba lo que contenía la carta.
—Escucha, querida mía —dijo d’Artagnan—; no puedes menos que comprender que todo esto debe terminar de un modo u otro. Milady puede descubrir que entregaste el primer billete a mi lacayo en lugar de al del conde; que soy yo quien ha abierto los demás que debían haber sido abiertos por de Wardes. Entonces Milady te echará a la calle, y ya sabes que no es mujer que limite su venganza.