Un suspiro escapó de los labios de Madame Bonacieux y se demoró un instante en los labios de d’Artagnan. Ese suspiro era el alma, tan casta y tan amorosa, que reascendía al cielo.
D’Artagnan no apretó más que un cadáver en sus brazos. El joven lanzó un grito y cayó junto a su amada tan pálido y helado como ella.
Porthos lloró; Aramis señaló hacia el cielo; Athos hizo la señal de la cruz.
En aquel momento apareció un hombre en el umbral, casi tan pálido como los de la cámara. Miró a su alrededor y vio a Madame Bonacieux muerta, y a d’Artagnan desvanecido. Apareció justo en ese momento de estupor que sigue a las grandes catástrofes.
—No me he equivocado —dijo—; aquí está el señor d’Artagnan, y ustedes son sus amigos, los señores Athos, Porthos y Aramis.
Las personas cuyos nombres fueron pronunciados de este modo miraron al desconocido con asombro. A los tres les pareció que lo conocían.
—Caballeros —reanudó el recién llegado—, ustedes están, como yo, en busca de una mujer que —añadió con una sonrisa terrible— ha tenido que pasar por aquí, pues veo un cadáver.
Los tres amigos permanecieron mudos, pues aunque tanto la voz como el semblante les recordaban a alguien que habían visto, no lograban recordar bajo qué circunstancias.
—Caballeros —continuó el desconocido—, ya que no reconocen a un hombre que probablemente les debe la vida dos veces, debo nombrarme. Soy lord de Winter, cuñado de esa mujer.
Los tres amigos lanzaron un grito de sorpresa.