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nydus/The Three MusketeersPublic
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XLIII. The Sign of the Red Dovecot

De modo que Monsieur vigilaba a Bassompierre; el rey, al duque d'Angulema; y el cardenal, a M. de Schomberg.

Tan pronto como se estableció esta organización, se dispusieron a expulsar a los ingleses de la isla.

La coyuntura era favorable. Los ingleses, que necesitan, ante todo, del buen comer para ser buenos soldados, al no comer más que carne salada y mal bizcocho, tenían muchos enfermos en su campamento.

Aun más: el mar, muy agitado en esta época del año a todo lo largo del litoral, destruía cada día alguna pequeña embarcación; y la orilla, desde la punta de l’Aiguillon hasta las trincheras, estaba en cada marea literalmente cubierta por los restos de pinazas, roberges y falúas.

De ello resultaba que, aun cuando las tropas del rey permanecieran tranquilas en su campamento, era evidente que tarde o temprano, Buckingham, que solo continuaba en la isla por cabezonería, se vería obligado a levantar el asedio.

Pero como M. de Toiras dio información de que en el campamento enemigo se estaba preparando todo para un nuevo asalto, el rey juzgó que lo mejor sería poner fin al asunto, y dio las órdenes necesarias para una acción decisiva.

Como no es nuestra intención dar una crónica del sitio, sino por el contrario describir tan solo aquellos de sus acontecimientos que se relacionan con la historia que estamos narrando, nos contentaremos con decir en dos palabras que la expedición tuvo éxito, para gran asombro del rey y gran gloria del cardenal. Los ingleses, rechazados pie a pie, vencidos en todos los encuentros y derrotados en el paso de la isla de Ré, se vieron obligados a reembarcarse, dejando en el campo de batalla dos mil hombres, entre los cuales se encontraban cinco coroneles, tres tenientes coroneles, doscientos cincuenta capitanes, veinte gentilhombres de

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