Inglaterra.
Favorito de dos reyes, inmensamente rico, todopoderoso en un reino que desordenaba según su capricho y volvía a pacificar a su antojo, George Villiers, duque de Buckingham, había vivido una de esas existencias fabulosas que sobreviven, en el curso de los siglos, para asombrar a la posteridad.
Seguro de sí mismo, convencido de su propio poder, cierto de que las leyes que rigen a los otros hombres no podían alcanzarlo, marchaba directo al objeto que se proponía, aun cuando este objeto fuera tan elevado y tan deslumbrante que habría sido locura para cualquier otro tan solo haberlo contemplado.
Fue así como había logrado acercarse varias veces a la bella y orgullosa Ana de Austria, y hacerse amar deslumbrándola.
George Villiers se colocó ante el espejo, como hemos dicho, devolvió las ondulaciones a su hermoso cabello, que el peso del sombrero había desordenado, se retorció el bigote y,