el calor y la pasión. El centinela quiso rechazarlo, pero Felton llamó al oficial del puesto y, sacando de su bolsillo la carta de la que era portador, dijo: —Un mensaje urgente de lord de Winter.
Al nombre de lord de Winter, de quien se sabía que era uno de los amigos más íntimos de su gracia, el oficial del puesto dio órdenes de dejar pasar a Felton, quien, por otra parte, vestía el uniforme de oficial de la marina.
Felton se adentró raudo en el palacio.
En el momento en que entraba en el vestíbulo, otro hombre entraba asimismo, polvoriento, sin aliento, dejando a la puerta un caballo de posta que, al llegar al palacio, se desplomó sobre sus rodillas delanteras.
Felton y él se dirigieron a Patrick, el lacayo de confianza del duque, en el mismo instante. Felton nombró a lord de Winter; el desconocido no quiso nombrar a nadie y fingió que era al duque solo a quien daría a conocer su identidad. Cada uno estaba ansioso por conseguir la entrada antes que el otro.
Patrick, que sabía que lord de Winter estaba en asuntos del servicio y en relaciones de amistad con el duque, dio la preferencia al que venía en su nombre. El otro se vio obligado a esperar, y era fácil ver cómo maldecía la demora.
El ayuda de cámara condujo a Felton a través de un gran salón en el que esperaban los diputados de La Rochelle, encabezados por el príncipe de Soubise, y lo introdujo en un gabinete donde Buckingham, recién salido del baño, terminaba su tocado, al que, como siempre, dedicaba una atención extraordinaria.
—El teniente Felton, de parte de lord de Winter —dijo Patrick.
—¡De parte de lord de Winter! —repitió Buckingham—; que entre.