La sangre se le había subido a la cabeza a d'Artagnan, y en ese momento habría desenvainado su espada contra todos los mosqueteros del reino con tanta buena gana como lo hacía ahora contra Athos, Porthos y Aramis.
Eran las doce y cuarto del mediodía. El sol se hallaba en su cenit, y el lugar elegido para la escena del duelo estaba expuesto a todo su ardor.
—Hace mucho calor —dijo Athos, desenvainando a su vez la espada—, y, sin embargo, no puedo quitarme el jubón; pues hace un momento sentí que mi herida comenzaba a sangrar de nuevo, y no quisiera disgustar al señor con la vista de una sangre que él mismo no me ha hecho derramar.
—Eso es verdad, monsieur —respondió d'Artagnan—, y tanto si es derramada por mí como por