elevado parecía casi milagroso. Nos apresuramos, por tanto, a obtener permiso para imprimirlo, con la mira de presentarnos algún día con el fardo de otros a las puertas de la Academie des Inscriptions et Belles Lettres, si no lográbamos —cosa muy probable, dicho sea de paso— ingresar en la Academie Francaise con nuestro propio fardo. Este permiso, nos sentimos obligados a decirlo, fue concedido con benevolencia; lo que nos obliga aquí a dar una pública contradicción a los difamadores que pretenden que vivimos bajo un gobierno medianamente indulgente con los hombres de letras.
He aquí la primera parte de este precioso manuscrito que ofrecemos a nuestros lectores, devolviéndole el título que le pertenece, y contrayendo el compromiso de que si (de lo cual no tenemos duda) esta primera parte obtiene el éxito que merece, publicaremos la segunda inmediatamente.
Entre tanto, como el padrino es un segundo padre, rogamos al lector que ponga a nuestra cuenta, y no a la del conde de La Fère, el placer o el tedio que pueda experimentar.
Entendido esto, procedamos con nuestra historia.