mi hijo. No temas nunca a las riñas, sino busca aventuras. Te he enseñado a manejar la espada; tienes músculos de hierro, muñeca de acero. > Lucha en todas las ocasiones. Lucha tanto más cuanto que los duelos están prohibidos, puesto que, en consecuencia, hay el doble de
No tengo otra cosa que darte, hijo mío, que quince escudos, mi caballo y los consejos que acabas de oír. Tu madre te añadirá la receta de cierto bálsamo que aprendió de una bohemia y que tiene la virtud milagrosa de curar todas las heridas que no lleguen al corazón. Aprovecha todo ello y vive feliz y largo tiempo.
No tengo más que una palabra que añadir, y es proponeros un ejemplo, no el mío, pues yo jamás he aparecido en la corte y solo he tomado parte en guerras de religión como voluntario; hablo del señor de Tréville, que en otro tiempo fue mi vecino y que tuvo el honor de ser, de niño, compañero de juegos de nuestro rey, Luis XIII, ¡al que Dios preserve! A veces sus juegos degeneraban en batallas, y en estas batallas el rey no era siempre el más fuerte. Los golpes que recibía aumentaron en gran medida su estima y su amistad por el señor de Tréville. Después, el señor de Tréville se batió con otros: en su primer viaje a París, cinco veces; desde la muerte del difunto rey hasta la mayoría de edad del joven, sin contar guerras y sitios, siete veces; ¡y desde esa fecha hasta el día de hoy, cien veces, quizás! De modo que, a pesar de edictos, ordenanzas y decretos, ahí le tenéis, capitán de los mosqueteros, es decir, jefe de una legión de Césares a los que el rey tiene en gran estima y a los que teme el cardenal, él que no teme a nada, según se dice. Aún hay más: el señor de Tréville gana diez mil coronas al año; es, por tanto, un gran señor. Empezó como empezáis vos. Id a verle con esta carta y tomadle por modelo para que hagáis como él ha hecho.
Tras lo cual, el señor d’Artagnan padre ciñó su propia espada a su hijo, lo besó tiernamente en ambas mejillas y le dio su bendición.