el campamento; por tanto, caballeros, ni una palabra más sobre este asunto. Nos están observando; vienen a nuestro encuentro. Vamos a ser llevados en triunfo.
En realidad, como hemos dicho, todo el campamento estaba en movimiento. Más de dos mil personas habían asistido, como a un espectáculo, a esta afortunada pero descabellada empresa de los cuatro amigos—una empresa cuyo verdadero motivo estaban muy lejos de sospechar—. No se oían más que gritos de «¡Viva los mosqueteros! ¡Viva los guardias!». M. de Busigny fue el primero en acercarse a estrechar la mano de Athos y en reconocer que la apuesta estaba perdida. El dragón y el suizo le siguieron, y todos sus camaradas siguieron al dragón y al suizo. No había más que felicitaciones, apretones de manos y abrazos; las risas inextinguibles a costa de los de La Rochelle no tenían fin. El tumulto llegó a ser tan grande al fin que el cardenal creyó que debía de haber