Aramis, que trabajaba sin cesar en su poema, se encerró en el gabinete de Athos y suplicó que no lo molestasen antes del momento de cruzar las espadas.
Athos, por señas, le pidió a Grimaud que trajera otra botella de vino.
D’Artagnan se empleó en urdir un pequeño plan, cuya ejecución veremos más adelante, y que le prometía alguna aventura agradable, como podía verse por las sonrisas que de vez en cuando cruzaban por su rostro, cuya pensatividad animaban.