Los mosqueteros del rey y los guardias del cardenal
D’Artagnan no conocía a nadie en París. Fue, por tanto, a su cita con Athos sin padrino, decidido a conformarse con los que su adversario eligiera. Además, tenía firmemente la intención de hacerle al valiente mosquetero todas las disculpas apropiadas, pero sin bajeza ni debilidad, temiendo que de ese duelo resultara lo que generalmente resulta de un asunto de esta índole, cuando un hombre joven y vigoroso lucha contra un adversario que está herido y debilitado: si es vencido, duplica el triunfo de su antagonista; si resulta vencedor, se le acusa de juego sucio y de falta de valor.
Ahora bien, o debemos de haber trazado muy mal el carácter de nuestro buscador de aventuras, o nuestros lectores ya habrán advertido que d'Artagnan no era un hombre común; por lo tanto, al tiempo que se repetía a sí mismo que su muerte era inevitable, no se resignó a morir tranquilamente, como lo habría hecho en su lugar alguien menos valiente y menos dueño de sí. Reflexionó sobre los diferentes caracteres de aquellos con quienes iba a luchar y comenzó a ver su situación con mayor claridad. * Esperaba, mediante excusas sinceras, hacerse amigo de Athos, cuyo aire señorial y aspecto austero le agradaban