La desafortunada reina, que vivía constantemente amenazada de divorcio, de exilio y hasta de un proceso, enmudeció bajo el colorete y no pudo reprimir estas palabras: «Pero ¿a qué se debe esta visita, sire? ¿Qué puede tener que decirme el canciller que Su Majestad no pudiera decirme en persona?».
El rey dio media vuelta sin responder, y casi al mismo instante el capitán de la Guardia, el señor de Guitant, anunció la visita del canciller.
Cuando el canciller apareció, el rey ya había salido por otra puerta.
El canciller entró, medio sonriente, medio sonrojado. Como probablemente volveremos a encontrarnos con él en el curso de nuestra historia, será conveniente que nuestros lectores lo conozcan desde ya.
Este canciller era un hombre agradable. Era Des Roches le Masle, canónigo de Notre Dame, que había sido antiguamente ayuda de cámara de un obispo, el cual lo había presentado a su Eminencia como un