Cómo, sin incomodarse, Athos se procura su equipo
D’Artagnan estaba tan completamente aturdido que, sin importarle lo que pudiera ser de Kitty, atravesó a toda velocidad medio París y no se detuvo hasta llegar a la puerta de Athos.
La confusión de su mente, el terror que le espoleaba, los gritos de algunos miembros de la patrulla que se lanzaron en su persecución y las rechiflas de la gente que, a pesar de lo temprano de la hora, se dirigía a su trabajo, no hicieron más que precipitar su carrera.
Atravesó el patio, subió corriendo los dos tramos de escalera hasta el apartamento de Athos y llamó a la puerta con fuerza suficiente para derribarla.
Grimaud acudió, frotándose los ojos medio abiertos, a responder a aquella ruidosa llamada, y D'Artagnan irrumpió con tanta violencia en la habitación que por poco derriba al atónito lacayo.
A pesar de su silencio habitual, el pobre muchacho encontró esta vez la palabra.
—¡Eh, tú! —gritó—; ¿qué quieres, ramera? ¿A qué vienes aquí, desvergonzada?