George Villiers, duque de Buckingham
Madame Bonacieux y el duque entraron en el Louvre sin dificultad. Se sabía que Madame Bonacieux pertenecía a la reina; el duque vestía el uniforme de los mosqueteros de M. de Tréville que, como hemos dicho, estaban de guardia esa noche.
Además, Germain estaba en los intereses de la reina; y si algo llegaba a suceder, se acusaría a Madame Bonacieux de haber introducido a su amante en el Louvre, eso era todo. Ella asumía el riesgo.
Su reputación se perdería, es verdad; pero ¿qué valor tenía en el mundo la reputación de la mujercita de un mercerero?
Una vez en el interior del patio, el duque y la joven siguieron el muro por espacio de unos veinticinco pasos. Pasado este espacio, madame Bonacieux empujó una pequeña puerta de servicio, abierta durante el día pero por lo general cerrada de noche. La puerta cedió. Ambos entraron y se hallaron en la oscuridad; pero madame Bonacieux conocía todos los recovecos y vericuetos de esta parte del Louvre, destinada a la gente de servicio. Cerró la puerta tras de sí, tomó al duque de la mano y, tras unos pasos tanteando, asió una balaustrada, puso el pie en el peldaño inferior y comenzó a subir la escalera. El duque contó dos pisos. Ella giró entonces a la derecha, siguió el curso de un largo corredor, bajó un tramo, dio unos pasos más, introdujo