tras el mobiliario para mantenerse fuera de su alcance—, Kitty abrió la puerta. D'Artagnan, que no había cesado de maniobrar para conseguir este objetivo, no estaba ya a más de tres pasos de ella. De un salto voló de la habitación de Milady a la de la doncella y, rápido como el rayo, cerró la puerta de golpe y apoyó todo su peso contra ella, mientras Kitty corría los cerrojos.
Entonces Milady intentó derribar el marco de la puerta, con una fuerza Aparentemente superior a la de una mujer; pero al ver que no podía lograrlo, acuchilló la puerta con furia con su puñal, cuya punta brillaba repetidamente a través de la madera. Cada golpe iba acompañado de terribles imprecaciones.
—¡Pronto, Kitty, pronto! —dijo d’Artagnan en voz baja, tan pronto como los cerrojos estuvieron corridos—; déjame salir del hotel; pues si le damos tiempo de reaccionar, hará que me maten los criados.