que empleaba el tiempo libre que su amo le dejaba en la lectura de obras piadosas, y procuraba con esmero para ambos una comida de pocos platos, pero excelente. Por lo demás, era mudo, ciego y sordo, y de una fidelidad inquebrantable.
Y ahora que conocemos, al menos superficialmente, a los amos y a los criados, pasemos a las viviendas que cada uno de ellos ocupa.
Athos habitaba en la Rue Férou, a dos pasos del Luxemburgo.
Su apartamento constaba de dos pequeñas habitaciones, amuebladas con mucha pulcritud, en una casa de huéspedes cuya dueña, aún joven y todavía verdaderamente hermosa, le dirigía en vano miradas tiernas.
Algunos fragmentos de un esplendor pasado aparecían aquí y allá en las paredes de este modesto alojamiento; una espada, por ejemplo, ricamente damasquinada, que por su factura pertenecía a los tiempos de Francisco I, cuya empuñadura tan solo, incrustada de piedras preciosas, bien podía valer dos mil pistolas, y que, sin embargo, en sus momentos de mayor apuro, Athos jamás había empeñado ni ofrecido en venta.
Había sido durante mucho tiempo objeto de la ambición de Porthos. Porthos habría dado diez años de su vida por poseer esta espada.