El rey salió primero de su habitación. Vestía un traje de caza elegantísimo; y monseñor y los demás nobles iban vestidos como él. Este era el traje que mejor le sentaba al rey. Así vestido, parecía verdaderamente el primer caballero de su reino.
El cardenal se acercó al rey y puso en su mano un pequeño cofrecillo. El rey lo abrió y encontró en él dos herretes de diamantes.
—¿Qué significa esto? —le exigió al cardenal.
—Nada —respondió este último—; solo que, si la reina tiene los herretes, de lo cual dudo mucho, cuéntelos, majestad, y si solo encuentra diez, pregunte a Su Majestad quién le ha podido robar los dos herretes que aquí están.
El rey miró al cardenal como para interrogarlo; pero no tuvo tiempo de dirigirle ninguna pregunta: un grito de admiración brotó de todas las bocas. Si el rey parecía el primer caballero de su reino, la reina era sin duda la mujer más hermosa de Francia.
Es verdad que el hábito de cazadora le sentaba admirablemente. Llevaba un sombrero de castor con plumas azules, una levita de terciopelo gris perla, abrochada con broches de diamantes, y una saya de raso azul, bordada en plata.
Sobre su hombro izquierdo brillaban los tachones de diamante, sobre un lazo del mismo color que los penachos y la saya.
El rey temblaba de alegría y el cardinal de vejación; si bien, por lejos que estaban de la reina, no podían contar los herretes.
La reina los tenía. La única cuestión era, ¿tenía diez o doce?
En aquel momento, los violines dieron la señal para el ballet. El rey avanzó hacia la señora presidenta, con quien debía bailar, y su alteza monseñor, con la reina. Ocuparon sus puestos y el ballet comenzó.