Fue, pues, en medio de este tumulto y desorden donde nuestro joven avanzó con el corazón latiente, acomodando su larga tizona a lo largo de su pierna flacucha y manteniendo una mano en el borde de su gorra, con esa media sonrisa del provinciano desconcertado que quiere dar buena cara.
Cuando hubo pasado un grupo comenzó a respirar con más libertad; pero no pudo menos que observar que se volvían para mirarle, y por primera vez en su vida d’Artagnan, que hasta ese día había tenido un concepto muy favorable de sí mismo, se sintió ridículo.
Al llegar a la escalera, fue todavía peor. Había cuatro mosqueteros en los peldaños inferiores, divirtiéndose con el siguiente ejercicio, mientras diez o doce de sus camaradas esperaban en el descansillo para tomar su turno en el juego.
Uno de ellos, apostado en el peldaño superior, con la espada desnuda en la mano, impedía, o al menos se esforzaba por