—Hablad, madame, hablad, reina —dijo Buckingham—; la dulzura de vuestra voz disimula la dureza de vuestras palabras. ¡Habláis de sacrilegio! Vamos, el sacrilegio es la separación de dos corazones formados por Dios el uno para el otro.
—Señor —exclamó la reina—, olvidáis que jamás he dicho que os amo.
“Pero nunca me habéis dicho que no me amabais; y en verdad, pronunciar tales palabras para mí sería, por parte de Vuestra Majestad, una ingratitud demasiado grande. Pues decidme, ¿dónde podéis encontrar un amor como el mío?, ¿un amor que ni el tiempo, ni la ausencia, ni la desesperación pueden apagar, un amor que se conforma con un cinta perdida, una mirada furtiva o una palabra al azar? Han pasado ya tres años, Madame, desde que os vi por primera vez, y durante esos tres años os he amado así. ¿He de descenirros cada adorno de vuestro atuendo? ¡Atended! Os veo ahora. Estabais sentada sobre cojines a la usanza española; llevabais un vestido de satén verde bordado en oro y plata, mangas colgantes anudadas en vuestros hermosos brazos —esos brazos encantadores— con grandes diamantes. Llevabais una gorguera ceñida, un pequeño casquete en la cabeza del mismo color que vuestro vestido, y en ese casquete una pluma de garza. ¡Esperad! ¡Esperad! Cierro los ojos, y puedo veros tal como erais entonces; los vuelvo a abrir, y veo lo que sois ahora: ¡cien veces más hermosa!”
—Qué locura —murmuró Ana de Austria, que no tenía el valor de reprochar al duque el haber conservado tan bien su retrato en el corazón—, ¡qué locura alimentar una pasión inútil con semejantes recuerdos!