—¡Bien, bien! —gritó la voz tranquila de Athos desde el otro lado de la puerta—, ¡que entren nomás, esos devoradores de niños pequeños, y ya veremos!
Por muy valientes que parecieran, los dos caballeros ingleses se miraron con vacilación. Hubiérase dicho que en aquel sótano había uno de esos ogros hambrientos —los gigantescos héroes de las leyendas populares—, en cuya caverna nadie podía adentrarse impunemente.
Hubo un momento de silencio; pero al fin los dos ingleses sintieron vergüenza de echarse atrás, y el más enojado descendió los cinco o seis escalones que conducían a la bodega y propinó una patada a la puerta capaz de derribar un muro.
—Planchet —dijo d’Artagnan, amartillando sus pistolas—, yo me encargo del de arriba; ocúpate tú del de abajo. Ah, señores, queréis batalla; pues la tendréis.
—¡Dios santo! —exclamó la voz cavernosa de Athos—, creo que oigo a d’Artagnan.
—Sí —exclamó d'Artagnan, alzando la voz a su vez—, estoy aquí, amigo mío.
—Ah, mucho mejor entonces —respondió Athos—, ¡vamos a darles una lección a esos rompuertas!
Los caballeros habían desenvainado las espadas, pero se vieron atrapados entre dos fuegos. Aún dudaron un instante; pero, como antes, el orgullo pudo más, y una segunda patada abrió la puerta de abajo arriba.
—Apártate, d’Artagnan, apártate —gritó Athos—. ¡Voy a disparar!
—Caballeros —exclamó d'Artagnan, a quien la reflexión nunca abandonaba—, caballeros, pensad en lo que vais a hacer.