D’Artagnan empezó a cansarse, y también el cura.
—¡Ved qué exordio! —exclamó el jesuita.
—Exordio —repitió el cura, por decir algo—. Quemadmodum inter coelorum immensitatem.
Aramis lanzó una mirada a d'Artagnan para ver qué efecto producía todo aquello, y encontró a su amigo con la boca abierta de par en par, al borde de dislocarse las mandíbulas.
—Hablemos en francés, padre mío —le dijo al jesuitas—; el señor d’Artagnan disfrutará mejor de nuestra conversación.
—Sí —respondió D’Artagnan—; estoy fatigado de cabalgar, y todo este latín me marea.
—Ciertamente —respondió el jesuita, un poco desconcertado, mientras el cura, sumamente encantado, dirigía a D'Artagnan una mirada llena de gratitud—. Bien, veamos qué se puede deducir de esta glosa. Moisés, el siervo