querido amigo. Saldrá usted airoso en esos dos ejercicios; pero entréguele la pluma al señor abad. Esa es su incumbencia.
—¡Ay, ay! —dijo Porthos—; pasadle la pluma a Aramis, que escribe tesis en latín.
—Bueno, sea pues —dijo d’Artagnan—. Redacta esta esquela para nosotros, Aramis; pero por nuestro Santo Padre el Papa, sé breve, pues yo te podaré a mi vez, te lo advierto.
—No pido nada mejor —dijo Aramis, con ese aire ingenioso de confianza que todo poeta tiene en sí mismo—; pero que me pongan debidamente al corriente del asunto. He oído aquí y allá que esta cuñada era una cualquiera. He obtenido la prueba de ello al escuchar su conversación con el cardenal.
—¡Más bajo! ¡sacrebleu! —dijo Athos.