de los Santos y traduce a Judit* en verso. —¡Ah, ah! Ya recuerdo —dijo el oficial en tono burlón—; bien, ¿qué queréis de mí? —Quiero que dediquéis un momento a dar un paseo conmigo. —Mañana por la mañana, si gustáis, con muchísimo gusto. —No, mañana por la mañana no, por favor, sino ahora mismo. —Si tanto insistís. —Insisto en ello. —Vamos, pues. Señoras —dijo el oficial—, no os inquietéis; concededme solo el tiempo de matar a este caballero y regresaré para terminar la última estrofa.
—Salimos. Lo llevé a la Rue Payenne, exactamente al mismo lugar donde, un año antes, a la misma hora exacta, me había hecho el cumplido que les he relatado. Era una noche con una luna magnífica. Nos batimos al instante, y a la primera estocada lo dejé seco en el acto.
—¡Mil demonios! —exclamó d’Artagnan.
—Ahora —continuó Aramis—, como las señoras no vieron regresar al