El rey, aun obedeciéndole como un niño, lo odiaba como un niño odia a su maestro, y lo abandonaría a la venganza personal de Monsieur y de la reina. Estaría entonces perdido, y Francia, tal vez, con él. Era necesario precaverse contra todo esto.
Los cortesanos, cada vez más numerosos, se sucedían, día y noche, en la casita del puente de La Pierre, en la que el cardenal había establecido su residencia.
Había frailes que llevaban el hábito con tan mal talante que era fácil advertir que pertenecían a la Iglesia militante; mujeres un poco incómodas con su disfraz de pajes y cuyos bombachos amplios no lograban ocultar del todo sus formas redondeadas; y campesinos de manos ennegrecidas pero de extremidades finas, que destilaban al hombre de calidad a una legua de distancia.
También hubo visitas menos agradables—pues dos o tres veces corrieron rumores de que el cardenal había estado a punto de ser asesinado.
Es verdad que los enemigos del