Este consejo le pareció bueno al futuro canciller. Conjuró al espíritu maligno con abundancia de oraciones ofrecidas por los monjes. Pero el diablo no se deja desposeer fácilmente de un lugar en el que ha fijado su guarnición.
A medida que redoblaban los exorcismos, él redoblaba las tentaciones; de modo que día y noche la campana sonaba a todo batiente, anunciando el extremo deseo de mortificación que el penitente experimentaba.
Los monjes ya no tenían un solo instante de reposo. De día no hacían más que subir y bajar los escalones que conducían a la capilla; por la noche, además de las completas y los maitines, se veían obligados a saltar veinte veces de sus camas y postrarse en el suelo de sus celdas.
No se sabe si fue el diablo el que cedió, o los monjes los que se cansaron; pero a los tres meses el penitente reapareció en el mundo con la reputación de ser el más terrible endemoniado que jamás haya existido.
Al salir del convento entró en la magistratura, llegó a presidente en el lugar de su tío, abrazó el partido del cardenal, lo cual no demostraba falta de sagacidad, se convirtió en canciller, sirvió a su Eminencia con celo en su odio contra la reina madre y en su venganza contra Ana de Austria, estimuló a los jueces en el asunto de Calais, alentó las tentativas de M. de Laffemas, lugarteniente general de caza de Francia; después, por fin, investido con la entera confianza del cardenal —una confianza que se había ganado tan bien—, recibió la singular comisión para cuya ejecución se presentó en los aposentos de la reina.
La reina seguía de pie cuando él entró; pero apenas lo hubo percibido, volvió a sentarse en su sillón, hizo una señal a sus damas para que retomaran sus cojines y taburetes y, con aire de soberbia suprema, dijo: «¿Qué deseáis, Monsieur, y con qué objeto os presentáis aquí?».