—Oh, no, jamás —dijo Planchet—; nunca dejaré al señor d’Artagnan.
Al mismo tiempo, d'Artagnan sintió que Planchet le deslizaba una nota en la mano.
D’Artagnan sintió una gran inclinación a abrazar a Planchet como lo había abrazado a su partida; pero temiendo que aquella muestra de afecto, prodigada a su lacayo en plena calle, pudiera parecer extraña a los transeúntes, se contuvo.
—Tengo la esquela —dijo a Athos y a sus amigos.
—Está bien —dijo Athos—, vayamos a casa a leerlo.
La nota quemaba la mano de d’Artagnan. Quiso apresurar el paso; pero Athos lo tomó del brazo y lo pasó bajo el suyo, y el joven se vio obligado a regular su ritmo con el de su amigo.
Al fin llegaron a la tienda, encendieron una lámpara, y mientras Planchet vigilaba en la entrada para que los cuatro amigos no fueran sorprendidos, d’Artagnan, con mano temblorosa, rompió el sello y abrió la tan anhelada carta.
Contenía media línea, con una caligrafía perfectamente británica y una concisión igualmente espartana:
Gracias; no se preocupe.
D’Artagnan tradujo esto para los otros.
Athos tomó la carta de manos de d’Artagnan, se acercó a la lámpara, le prendió fuego al papel y no lo soltó hasta que quedó reducido a cenizas.
Luego, llamando a Planchet, le dijo: —Vamos, muchacho, ya puedes reclamar tus setecientas libras, pero no has corrido gran riesgo con un billete como ese.