buena cuna. Mi amigo, que era señor del lugar, podría haberla seducido o tomado por la fuerza, a su antojo, pues era el dueño. ¿Quién habría acudido en auxilio de dos extranjeros, de dos desconocidos? Desgraciadamente era un hombre de honor; se casó con ella. ¡El tonto! ¡El asno! ¡El imbécil!
—¿Cómo es eso, si él la ama? —preguntó d’Artagnan.
—Espera —dijo Athos—. La llevó a su castillo y la hizo la primera señora de la provincia; y en justicia hay que reconocer que sostuvo su rango con dignidad.
—¿Y bien? —preguntó d’Artagnan.
—Pues bien, un día en que ella iba de caza con su esposo —continuó Athos en voz baja y hablando muy deprisa—, se cayó del caballo y se desmayó. El conde corrió a auxiliarla y, como