Un poco antes de llegar a Fromelles estalló la tormenta. Se abrieron las capas. Quedaban tres leguas por recorrer, y las hicieron en medio de torrentes de lluvia.
D’Artagnan se quitó el sombrero y no hubo forma de persuadirlo para que se pusiera la capa. Encontraba placer en sentir cómo el agua le escurría por la frente ardiente y por su cuerpo, agitado por escalofríos febriles.
En el momento en que la pequeña tropa pasó Goskal y se acercaba al Puesto, un hombre resguardado bajo un árbol se desprendió del tronco con el que se había confundido en la oscuridad, y avanzó hacia la mitad del camino, poniéndose un dedo sobre los labios.
Athos reconoció a Grimaud.
—¿De qué modo? —exclamó Athos—. ¿Ha dejado Armentières?
Grimaud hizo una seña afirmativa. D’Artagnan rechinó los dientes.
—¡Silencio, d’Artagnan! —dijo Athos—. Yo me he encargado de este asunto. A mí me toca, por tanto, interrogar a Grimaud.
—¿Dónde está? —preguntó Athos.
Grimaud tendió las manos en dirección al Lys.
—¿Muy lejos de aquí? —preguntó Athos.
Grimaud mostró a su amo el dedo índice doblado.
—¿Solo? —preguntó Athos.
Grimaud hizo la señal de que sí.
—Señores —dijo Athos—, está sola a menos de media legua de nosotros, en dirección al río.