En este instante entró el señor de Tréville, fresco, educado y con un atuendo irreprochable.
Informado de lo ocurrido por la presencia del cardenal y la alteración en el rostro del rey, el señor de Tréville se sintió algo así como Sansón ante los filisteos.
Luis XIII ya había puesto la mano en el pomo de la puerta; al ruido de la entrada del señor de Tréville, se volvió.
«Llegáis a tiempo, señor —dijo el rey, que, cuando sus pasiones llegaban a cierto punto, no sabía disimular—; me he enterado de cosas muy bonitas acerca de vuestros mosqueteros».
—Y yo —dijo Tréville con frialdad—, yo tengo cosas muy hermosas que decirle a Vuestra Majestad a propósito de estos togados.
—¿Cómo? —dijo el rey con altivez.
—Tengo el honor de informar a Vuestra Majestad —continuó el señor de Tréville, en el mismo tono—, que un grupo de procuradores, comisarios y hombres de la policía —gente muy estimable, pero muy empecinada, al parecer, contra el uniforme— se ha tomado la libertad de detener en una casa, de llevarse a través de la calle y de arrojar a Fort L’Évêque, todo ello en virtud de una orden que se han negado a mostrarme, a uno de mis mosqueteros, o más bien de los vuestros, señor, de conducta irreprochable, de reputación casi ilustre y a quien Vuestra Majestad conoce favorablemente, el señor Athos.
—Athos —dijo el rey, maquinalmente—; sí, ciertamente conozco ese nombre.
—Que Vuestra Majestad recuerde —dijo Tréville—, que el señor de Athos es el mosquetero que, en el molesto duelo con el que está