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nydus/The Three MusketeersPublic
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XLVII. El consejo de los mosqueteros

—¡Pues bien, a mi salud! aunque mucho temo que vuestros buenos deseos no me sirvan de gran cosa.

—¡Bah! —dijo Athos—; Dios es grande, como dicen los discípulos de Mahoma, y el porvenir está en sus manos.

Luego, tragándose el contenido de su vaso, que dejó cerca de él, Athos se levantó con despreocupación, tomó el mosquete que tenía al lado y se acercó a una de las troneras.

Porthos, Aramis y d'Artagnan siguieron su ejemplo. En cuanto a Grimaud, recibió la orden de colocarse detrás de los cuatro amigos para recargar sus armas.

—¡Pardiez! —dijo Athos—, apenas valía la pena indisponernos con veinte tipos armados de picos, azadas y palas. A Grimaud le habría bastado con hacerles una señal para que se marcharan, y estoy convencido de que nos habrían dejado en paz.

—Lo dudo —respondió d'Artagnan—, porque avanzan con mucha resolución. Además, aparte de los zapadores, hay cuatro soldados y un brigadier, armados con mosquetes.

—Eso es porque no nos ven —dijo Athos.

—A fe mía —dijo Aramis—, debo confesar que siento una gran repugnancia a disparar contra estos pobres diablos de civiles.

—Mal sacerdote es —dijo Porthos—, el que tiene compasión de los herejes.

—En verdad —dijo Athos—, Aramis tiene razón. Les advertiré.

—¡Qué diablos vais a hacer? —gritó d’Artagnan—, os van a fusilar.

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