—Tranquilo con esa cabeza —respondió Athos—; ya sabes que tengo la sangre fría.
Porthos y Aramis volvieron a ocupar sus puestos junto al tubo de la estufa.
En cuanto a Athos, salió sin misterio alguno, tomó su caballo, que estaba atado junto con los de sus amigos a los goznes de los contrapesos, convenció en cuatro palabras al mozo de la necesidad de una vanguardia para su regreso, examinó atentamente la pólvora de las cazoletas de sus pistolas, desenvainó su espada y tomó, como una avanzadilla perdida, el camino del campamento.