A los gritos del señor de Tréville, toda la concurrencia irrumpió en el gabinete, sin ocurrírsele a este cerrar la puerta a nadie, y todos se agolparon alrededor del herido.
Pero toda esta atenta solicitud habría podido resultar inútil si el médico llamado a voces no se hubiera encontrado por casualidad en el hotel. Se abrió paso entre la multitud, se acercó a Athos, que aún estaba sin sentido, y como todo este ruido y bullicio le molestaba enormemente, exigió, como lo primero y más urgente, que llevaran al mosquetero a una habitación contigua.
Inmediatamente el señor de Tréville abrió la puerta y señaló el camino a Porthos y Aramis, quienes transportaban a su compañero en brazos. Detrás de este grupo caminaba el cirujano; y tras el cirujano, la puerta se cerró.
El gabinete del señor de Tréville, considerado por lo general tan sagrado, se convirtió en un instante en el anexo de la antecámara. Todos hablaban, arengaban y vociferaban, jurando, maldiciendo y mandando al cardenal y a sus guardias a todos los demonios.
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