Luego continuó cantando con indecible fervor y sentimiento. Le pareció que los sonidos se esparcían a lo lejos bajo los techos abovedados, y llevaban consigo un encanto mágico para ablandar los corazones de sus carceleros. Sin embargo, también le pareció que el soldado de guardia —un católico ferviente, sin duda— se sacudió el encanto, pues a través de la puerta gritó: «¡Calle la boca, Madame! Su canción es tan lúgubre como un "De profundis"; y si además del placer de estar de guarnición aquí, tenemos que escuchar cosas como estas, no hay mortal que lo aguante».
—¡Silencio! —exclamó entonces otra voz severa que Milady reconoció como la de Felton—. ¿En qué te metes, estúpido? ¿Te mandó alguien impedir que esa mujer cante? No. Se te ha ordenado vigilarla, dispararle si intenta huir. ¡Vigílala! Si huye, mátala; pero no te excedas en tus órdenes.
Una expresión de alegría inefable iluminó el rostro de Milady; pero esta expresión fue fugaz como el reflejo de un relámpago. Sin aparentar haber oído el diálogo, del cual no había perdido una sola palabra, volvió a empezar, dando a su voz todo el encanto, todo el poder, toda la seducción que el demonio le había conferido:
“Por todas mis lágrimas, mis desvelos, Mi destierro y mis cadenas, Tengo mi juventud, mis plegarias, Y a Dios, que cuenta mis penas.”
Su voz, de inmensa potencia y sublime expresión, confería a la ruda y tosca poesía de estos salmos una magia y un efecto que los puritanos más fervorosos rara vez hallaban en los cantos de sus hermanos, y que se veían obligados a adornar con todos los recursos de su imaginación. Felton creyó escuchar el canto del ángel que consoló a los tres hebreos en el horno.
Milady continuó: