sobresalían de las murallas; algunas de estas dejaban caer pesados pesos sobre los barcos del enemigo y sobre las construcciones que llamaban sambuca, debido a su parecido con un instrumento musical de ese nombre, y que consistían en una escalera protegida con un extremo apoyado sobre dos quinquirremes amarrados lado a lado como base, y capaces de ser izados mediante un cabrestante; otras estaban provistas de una mano de hierro o un pico semejante al de una grúa, que atrapaba las proas de los barcos, para luego levantarlos en el aire y volver a dejarlos caer.
Se dice que Marcelo se burló de sus propios ingenieros y artífices con estas palabras: «¿No acabaremos de luchar contra este Briareo geométrico que usa nuestros barcos como tazas para sacar agua del mar, ahuyenta ignominiosamente nuestra sambuca a palos y, por la multitud de proyectiles que nos arroja de una vez, supera a los gigantes de cien manos de la mitología?».
Pero la exhortación no surtió efecto, ya que los romanos se encontraba en un terror tan abyecto que,
«si tan solo veían un trozo de cuerda o de madera sobresaliendo por encima del muro, gritaban "ahí está", declarando que Arquímedes estaba poniendo en marcha alguna máquina contra ellos, y volvían la espalda y huían, a tal punto que Marcelo desistió de todo combate y asalto, poniendo toda su esperanza en un largo sitio».
Arquímedes murió, como había vivido, absorto en la contemplación matemática. Los relatos sobre las circunstancias de su muerte difieren en algunos detalles. Plutarco ofrece más de una versión en el siguiente pasaje:
“Marcelo se sintió profundamente afligido por la muerte de Arquímedes, pues, quiso la suerte que estuviera concentrado en resolver un problema mediante