Mi estado de ánimo respecto al hurto del que había sido tan inesperadamente exonerado no me impulsaba a una franca revelación; pero espero que conservara en el fondo algunos sedimentos de bondad.
No recuerdo haber sentido ningún escrúpulo de conciencia con respecto a la señora Joe, una vez que me quitué de encima el miedo a que me descubrieran. Pero quería a Joe —tal vez por ninguna mejor razón en aquellos primeros días que porque el buen hombre se dejaba querer— y, en lo que a él respectaba, mi mundo interior no se calmaba tan fácilmente.
Tenía muy presente (sobre todo cuando le vi por primera vez buscando su lima) que debía contarle a Joe toda la verdad. Sin embargo, no lo hice, debido a que temía que, si lo hacía, él me creyera peor de lo que era.
El miedo a perder la confianza de Joe, y de sentarme desde entonces junto al hogar por la noche mirando con melancolía a mi compañero y amigo para siempre perdido, me ataba la lengua.
Me representaba enfermizamente que, si Joe lo sabía, jamás volvería a verlo junto a la chimenea atusándose su patilla rubia, sin pensar que estaba meditando en ello.
Que, si Joe lo sabía, jamás volvería a verlo mirar, por casualidad que fuera, la carne o el budín de ayer cuando aparecía en la mesa de hoy, sin pensar que estaba discutiendo si yo había estado en la despensa.
Que, si Joe lo sabía, y en cualquier período posterior de nuestra vida doméstica en común comentaba que su cerveza estaba sosa o turbia, la convicción de que sospechaba que tenía alquitrán me haría subir el tinte a la cara.
En una palabra, fui demasiado cobarde para hacer lo que sabía que era correcto, como había sido demasiado cobarde para evitar hacer lo que sabía que era incorrecto.
No había tenido trato con el mundo en aquel entonces, y no imité a ninguno de sus muchos habitantes que actúan de este modo. Como un genio totalmente autodidacta, descubrí por mí mismo esa línea de conducta.
Como yo tenía sueño antes de habernos alejado mucho del pontón-prisión, Joe volvió a llevarme a su espalda y me cargó hasta casa.
Debió de ser un viaje agotador para él, pues el señor Wopsle, estando agotado, tenía un humor tan rematadamente malo que, si la iglesia hubiera estado abierta, probablemente habría excomulgado a toda la expedición, empezando por Joe y por mí.
En su calidad de laico, se empeñó en sentarse en la humedad hasta un punto tan demencial que, cuando le quitaron la chaqueta para secarla junto al fuego de la cocina, las pruebas circunstanciales de sus pantalones lo habrían llevado a la horca, de haber sido aquello un delito capital.
Por entonces, yo tambaleaba por el suelo de la cocina como un pequeño borracho, debido a que acababan de ponerme en pie, a que me había quedado profundamente dormido y a que me había despertado entre el calor, las luces y el griterío de las lenguas. Al volver en mí (con la ayuda de un fuerte manotazo entre los hombros y la exclamación reconstituyente de «¡Ajá! ¡Se ha visto jamás a un muchacho como este!», emitida por mi hermana), descubrí que Joe les hablaba de la confesión del convicto, y que todos los visitantes sugerían distintas maneras por las cuales se había metido en la despensa.
El señor Pumblechook dedujo, tras examinar cuidadosamente el lugar, que primero se había subido al tejado de la fragua, luego al tejado de la casa y después se había dejado caer por la chimenea de la cocina con una cuerda hecha con su ropa de cama cortada en tiras; y como el señor Pumblechook era muy tajante y arrollaba en su propio carro de dos ruedas a todo el mundo, se acordó que así debió de ser.
El señor Wopsle, en verdad, exclamó con furia: «¡No!», con la endeble malicia de un hombre cansado; pero, como no tenía ninguna teoría ni llevaba chaqueta, fue unánimemente desestimado, por no mencionar que echaba una humareda intensa por la espalda mientras estaba de pie con las espaldas contra el fuego de la cocina para quitarse la humedad, lo cual no era precisamente propicio para inspirar confianza.
Esto fue todo lo que oí aquella noche antes de que mi hermana me asiera, como a una ofensa soporífera a la vista de la compañía, y me ayudara a subir a la cama con tanta firmeza que me parecía llevar cincuenta botas puestas y estar golpeándolas todas contra los cantos de la escalera.
Mi estado de ánimo, tal como lo he descrito, comenzó antes de levantarme por la mañana y perduró mucho después de que el asunto hubiera muerto y dejado de mencionarse, salvo en ocasiones excepcionales.