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IV. The Music

—Buenas noches. La voz estaba en la habitación. Miriam se volvió al instante; un hombre de complexión fuerte y cuadrada, un poco por encima de la estatura media, con el cabello liso, claro y plano sobre una cabeza cuadrada de facciones graves y toscamente moldeadas, avanzaba con soltura desde la puerta. Se encontraron al final de la mesa, de pie a cada lado del ángulo del rincón de la chimenea, sonriendo como si su respuesta murmurada a su saludo hubiera sido el parlamento de una obra de teatro hecho a medida para unirlos. Miriam sintó que si hubiera dicho oh, me alegro tanto, él habría respondido sí; yo también. —Me llamo von Heber —anunció en voz baja, mientras su sonrisa contenida e incontrolablemente profunda irradiaba un fulgor a su alrededor. Era como si se hubieran encontrado antes sin la oportunidad de hablar y allí estuviera por fin la oportunidad y tuvieran primero que sonreír en reconocimiento de su perfección. Permanecieron en un silencio radiante, sin que el tono uniforme de su voz interrumpiera su intercambio. Sintió en él una cualidad que no había conocido antes; en la soltura de sus modales no había rastro de la presunción complaciente del hombre mundano. Su deferencia no era una máscara usada para adornarse. Era deliberada y, sin embargo, genuina. Era la forma en que le presentaba, a ella en persona, por encima y lejos de sus ropas feas y de su cansancio, el rayo de deleite que había sido su saludo interior. La plenitud y seguridad de su deleite, su propia plenitud y seguridad le revelaron una lectura desconocida de la vida que ella anhelaba retener y sondear. Ofreció

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