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I

puedes dar vueltas por la habitación.—Se volvió hacia el silencioso desorden. Arriba se oían ruidos atareados. Una voz apresurada, baja y reprobatoria asomó al descansillo... —y enciende el fuego del salón tan pronto como termines de recoger y cuando venga el cartero deja las cartas en el buzón... —Christine bajó sin responder. En un momento entraría. Alejándose de la atracción de la blusa, Miriam deambuló hacia la chimenea. Sus ojos se dirigieron a la silla del rincón, medio oculta por el gran sillón. Ahí estaban, encima de la pila de periódicos y revistas. El Anuario de Dare quedaba arriba del todo, con su cubierta brillante de acebo. Sus manos se extendieron... mirarlos ahora habría sido adelantarse a la tarde. Pero habría al menos dos Windsor que no había visto. Sacó uno y se quedó hojeando las páginas. Sería imposible volverse y decir un Feliz Navidad y luego seguir leyendo, y igual de malo dejar de leer y no decir nada más. Se plantó en medio de la alfombra de la chimenea con la cara hacia la habitación. ¿Por qué iba a pararse ventajosamente allí mientras Christine trabajaba a regañadientes? ¿Por qué le iba a alegrar a Christine que le dirigieran la palabra? Pensó un feliz Navidad con varias voces diferentes. Todas sonaban insultantes. Christine seguía haciendo ruido en la cocina. Había tiempo para escapar. La puerta del salón estaría cerrojada y eso significaba ir a buscar una de las sillas del recibidor y anunciar a toda la casa un impulso extraordinario. Arriba aún le estarían haciendo la cama o limpiando el polvo de la habitación. Acercó el taburete y se sentó abatida, muy cerca del fuego, como si tuviera un fuerte constipado y estuviera con ansiedad sumida en las páginas de la revista. Quizá Christine pensaría que no la había oído entrar... adivinó la historia por las ilustraciones y se adentró en el texto a mitad del relato. Ninguna mujer que mecanografiara de la mañana a la noche y viviera en una pensión pobre podía tener ese aspecto... quizás algunas sí... quizás así era como debían de tener aspecto las oficinistas... pasó las páginas rápidamente; moviéndose automáticamente para dejar sitio a unas botas que estaban poniendo en el guardafuegos; dispuesta a hablar en un momento dado si quienquiera que fuese no decía nada; la

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